LA ESPERA Y LOS CRETINOS

Esperar. Que algo ocurra. Qué algo llegue. Esperar a algo o a alguien. Esperar que todo cambie o que todo permanezca. El tiempo que nos pasamos esperando en la vida, sea cual sea, creo que será siempre excesivo. Escribo esto desde la sala de espera de un hospital esperando noticias. Esperando que esa persona se vaya de una vez o que aquella otra que de verdad te escucha llegue al fin. Nos hemos educado como especie en el arte de esperar porque en eso consiste el fin último de la vida, aprender a esperar y disfrutar la espera. Y como eso quiero me preparo a conciencia esa mañana en casa después de ducharme. Sé que será uno de esos días en los que la espera se hace intérprete y escenifica su obra.

Conmigo una mochila. En ella, este viejo bloc de notas, un par de números de la Jot down, Breve historia de Grecia y Roma (a medias de leer), El jugador de Dostoievski. Más tarde se sumará a ellos en la mochila el ejemplar del único periódico disponible a las 7 de la mañana en el quiosco del hospital. La Nueva España. Estoy listo para esperar.

Ojeando el periódico doblo la esquina de la página que enmarca el texto de Luís M. Alonso sobre la publicación de un conjunto de textos literarios, obra del gran genio siciliano Leonardo Sciascia. El título del libro: Una comedia siciliana. El del artículo: Algunas historias sicilianas.

Pensar en Sicilia es hacerlo en Mafia. Corleone. El Padrino. Mario Puzo. Después de descubrirla, recorrerla, entenderla, y ahora, recordarla, Sicilia es para mí también, y más aún si cabe Cinema Paradiso. Agrigento. El día de la lechuza. Leonardo Sciascia.

Descubrimos entre las paredes color ceniza de los edificios cataneses que los Fiat no se pueden dejar dormir en la calle porque existe un alto índice de robos de coches de esta marca por lo fácil que resulta vender sus piezas en el mercado negro. Al explicar que viajábamos en un VW Polo, nuestros amigos respiraron aliviados. En Siracusa conocimos lo irracional del piropo mediterráneo, cuyo interlocutor arriesga su vida montado en una Vespa en plena hora punta y se obliga a sí mismo a acelerar temerariamente para ponerse a la par de la mujer que viaja de copiloto en un VW Polo con la ventanilla bajada por el calor con la única intención de hacer llegar dos palabras al oído de esta: “bella ragazza”. El piropo de antepone a la seguridad vial en Sicilia. La cual a su vez es una ley no escrita que prevalece sobre la escrita, y que todos los sicilianos dan por asumida. Una carretera de doble sentido se convierte en una de tres carriles usando el arcén y dejando la mediana como carril intermedio para adelantamientos en doble sentido. En Palermo nos pitaron repetidas veces en un semáforo por no arrancar. Nuestro semáforo estaba en rojo. El de peatones se había puesto también. Razón suficiente para incorporarse a una intersección palermitana.

Las carreteras del interior de Sicilia son como unas venas que transportan la sangre de esta isla sobre su aceitosa piel de oliva y alcaparra, piel dorada de curvas suaves y horizontes lejanos. Estas nos llevaron a una de las playas más bonitas en las que he estado nunca. Siculiana Marina. En ella pudimos ver como las cicatrices, los tatuajes carcelarios en pieles quincuagenarias, los símbolos religiosos y las barrigas desorbitadas configuraban una imaginería común del lugar. Descubrimos todos estos detalles y otros muchos más, unos olvidados, otros callados y otros por revisitar.

El día de la lechuza – Aldo Moro.

Sciascia era del duro interior siciliano. Interior que forja caracteres duros sin duda. Nacido en Racalmuto, fue escritor, periodista, político y muchas cosas más a lo largo de su vida. En todas sus facetas siempre tuvo presente su compromiso civil y su defensa de la dignidad humana. Defendía el conocimiento como único instrumento para alcanzar la verdad. La primera vez que lo leí fue con El día de la lechuza, obra que captaba esa sutileza de códigos no escritos tan siciliana que conocería años después. En El caso Moro, Sciascia, que en 1978 era diputado del partido radical, narra su visión de cómo ocurrió el secuestro, cautiverio y posterior ejecución de Aldo Moro, político de Democracia Cristiana a manos de las Brigadas Rojas de extrema izquierda. Es la obra que más saca a relucir ese afán del autor por el respeto de la dignidad humana y la búsqueda constante de la verdad. Aunque la figura política de Moro fuese ideológicamente opuesta a la de él, el conocimiento del caso, enfrentándose a la correspondencia que envió Moro a diversos estamentos (partido, presidente, familia, etc.) durante los 55 días que duró su cautiverio para conocer la forma y el modo de pensar de Moro y de sus captores nos muestra el verdadero motor vital de Sciascia. La dignidad humana. Esa de la que Moro es despojado por su propio partido cuando se niegan a negociar un rescate señalando que la persona que escribe las cartas no es el verdadero Aldo Moro, sino otro sometido a torturas y coacciones. Detrás de la no negociación se escondía el Poder de Estado en su estado más inhumano. Como señalaría el periodista Enric Juliana en un artículo a los veinte años del fatal desenlace “el secuestro de Moro acabó siendo una tragedia griega, el ansia humana por sobrevivir contra la razón de Estado”. Buenos días, noche, película italiana  del 2003, narra todo el proceso de manera brillante.

En la televisión del hospital, que valora 24 horas de emisión en 3,80€ (importe exacto), la compañera de habitación observa las noticias de antena 3. A través de ellas, me entero de los ultrajes y vejaciones a los que un numeroso grupo de seguidores de un equipo de futbol holandés, el PSV Eindhoven, someten a un grupo de mujeres que piden limosna en la plaza mayor de Madrid. Les tiran monedas y pan al suelo, les queman billetes en su cara y luego los tiran para que los tengan que apagar. Les hacen hacer flexiones y bailar. Ellos ríen. Ellas, mujeres de etnia gitana, pelean por conseguir las limosnas que les hacen llegar. El mundo, inmediato, observa. Algo falla. Siento vergüenza. Desasosiego. Indignación. Preocupación. Rabia. Otra vez vergüenza. El ser humano me ha fallado. Una vez más.

Recuerdo a Sciascia. Quiso instaurar el premio Thompson al mejor cretino. El nombre sería en honor a aquel que grabó su apellido en una columna de Pompeya como atajo para entrar en la historia. Ser un cretino era para el sinónimo de estupidez de 24 quilates. Pero 10.000 cretinos serían una fuerza histórica. La masa, estúpida, solo hace estupideces. Poco más se puede añadir. Que debemos educar en la diferencia, integrar, ser solidarios…Creo que bastaría con ser lo suficientemente racionales como para desarrollar pensamientos críticos y no pertenecer a la masa y lo suficientemente emotivos como para no dejar de cuidar, respetar, y sobre todo defender la dignidad que siempre defendió Sciascia.

Y así he esperado gran parte de la espera que ya ha pasado. Que fue espera y que ya no es.

Xose Vigil

Xose Vigil

(De) formación historiador y comisario de arte, y dedicado al mundo educativo. Apasionado de viajar y de los caminos más que de los destinos,
Xose y su innata curiosidad nos invitarán a descubrir todo tipo de expresiones culturales, centrándose especialmente en el mundo del cine y de las exposiciones.
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